Río Santa Cruz II

Rio Santa Cruz 2 opcion a

Una aventura de bikerafting. 12 días bajando uno de los últimos ríos libres de América.

Con las primeras luces de la mañana salió del puesto de estancia abandonado y se paró junto a la orilla del río, no hizo mucho más, solo se detuvo con los brazos cruzados detrás de la espalda a observar el agua, mientras sus ojos marrones y brillantes, se concentraban atentamente en el fluir del río. Era él y su bisabuela María con los mismos ojos y rodeada de 3 hijos pequeños, la que observaba también el agua desde un barco que avanzaba sin descanso, hacia un continente desconocido, hacia un futuro incierto. Era él y los personajes de historia de tantos libros, con los ojos serios y atentos, mirando aquella enorme superficie de líquido verdoso y transparente, como intuyendo el camino hacia todo lo que necesita respuestas. Era él y era el agua, atrapando una vez más en los ojos del hombre, el misterio.
Cuando Javi finalmente se dio vuelta y me vio espiandolo desde la única ventana del puesto, que aún mantenía el vidrio intacto a pesar del abandono, supo inmediatamente sin necesidad de preguntarlo, que yo también, había despertado con el cuerpo encendido por la emoción y la incertidumbre que genera el segundo dia de saberte en el comienzo de una larga travesía.

El plan era navegar unos 35 km hasta Lübeck, la próxima estancia abandonada, donde podríamos encontrar reparo para dormir y la opción de contar con una salida rápida hacia la ruta 17, ya que si el pronóstico no se equivocaba, íbamos a tener que enfrentar vientos de más de 90 km/hs en una zona del río que por la gran cantidad de curvas que presentaba se volvía sumamente peligrosa.
Durante los primeros kilómetros la corriente nos empujo con fuerza haciéndonos disfrutar de la navegación sin demasiado esfuerzo, pero ya habíamos aprendido a mantenernos en alerta a pesar de que la situación no aparentaba necesitarlo, por eso, cuando las primeras rafagas se hicieron sentir y el agua apacible se transformó en un caos de oleajes que golpeaban el bote hacia todos lados la situación no nos tomó por sorpresa. Así fue, como luego de remar intensamente en un río completamente distinto al que habíamos entrado por la mañana logramos llegar hasta las orillas de la estancia Lubek con los músculos tensos y los rostros agotados, pero satisfechos, de haber podido lograr un nuevo objetivo.


Adentro. Un viejo galpón de esquila: chapas sueltas y pisos con tablones enclenques. El sonido de la pava calentándose en el fuego, la ropa mojada colgando de las vigas y 3 botes amarillos, casi futuristas, contrastando con el oxido y la madera raída de otros tiempos.
Afuera. Una tierra desierta: el horizonte cubierto por pastizales bajos de tonalidades ocres, la luz débil, cada vez más débil, de otra tarde que se despide.
Adentro, afuera, en todas partes. El viento: las chapas precipitándose en una colisión sin fin, cada tanto con una fuerza tan brutal, que es imposible no imaginar salir despedidos: las chapas, el galpón, los botes, el pastizal, nosotros. Todo lo que existe en ese momento, en ese lugar. Arrastrado en un único y contundente soplido, hacia alguna otra parte. Esa noche el viento no descanso, y por supuesto, nosotros tampoco. Aquellas rafagas apocalipticas decidieron ponerse de acuerdo con un simpático y numeroso grupo de ratones que nos mantuvieron entretenidos hasta el amanecer.


Por la mañana, el viento ya lo gobernaba todo. Avanzaba con potencia sacudiendo lo que encontrara a su paso, incluyendo también, a tres ciclistas despeinados con la vista clavada en el suelo y las manos apretando con fuerza. Tan convencidas ellas como sus dueños, del absurdo trabajo de empujar las bicis con viento en contra por la estepa.
Después de mucho esfuerzo estábamos finalmente en la intersección con la ruta que nos llevaría con rumbo Este hacia la estancia Cóndor Cliff. Era un detalle, algo que en cualquier otro lugar solo hubiera representado un simple cambio de dirección, pero que en Santa Cruz significaba la rotunda diferencia entre disfrutar o padecer. Las rafagas que hacia solo unos minutos nos habían hecho protestar tambaleantes ahora nos empujaban con tanta intensidad que el pedalear se volvió un juego.

Un puestero llamado Mario

Vas pedaleando por el ripio y a lo lejos un grupo de arboles te hacen forzar la mirada, se puede distinguir alguna construcción, un techo de chapa, con suerte el humo de una chimenea. Aun falta para llegar pero la pregunta se hace inevitable -¿Habrá alguien?- justo entonces, el viento que sopla en tu oreja llega acompañado de un aviso y a pesar de la distancia lo escuchas con claridad. Negro, Petizo, Chispita, Manchas. Sus nombres varían tanto como sus rasgos y aunque nos hemos cruzado con cientos de ellos durante todos estos años siempre parecen ser el mismo, todos sin excepción, con sus orejas paradas y alertas salen atropelladamente hasta la entrada para dar los primeros ladridos, para responder a nuestra pregunta antes de lo esperado, y recordarnos, que no importa cual sea el puesto siempre serán la primer confirmación de que adentro hay vida.

Mario se asomo a la entrada para continuar con el ritual. Las primeras veces esta situación nos había resultado inesperada y sorpresiva, pero con el tiempo y la experiencia, habíamos aprendido a asimilarla con naturalidad. No pregunto demasiado, solo abrio la puerta y nos invito a pasar: Una pequeña cocina a leña con la pava hirviendo sobre ella, algunos pedazos de carne colgando de las paredes, la radio prendida, una mesa con 5 sillas y un pequeño banquito de madera ubicado con precisión junto a la ventana, era casi todo lo que llenaba aquellos pocos metros cuadrados. El corazón del puesto, la pequeña base operativa de Don Mario. Quien inmediatamente sin titubear ni darnos tiempo para hacer comentarios, reanudo inmediatamente la ceremonia a la que nos tienen tan acostumbrados. Avivó el fuego y puso la carne al horno, nos mostró el lugar donde íbamos a dormir y finalmente se sentó junto a la cocina para empezar a cebar los primeros mates. Aun no sabia ni nuestros nombres, pero su comportamiento era muy habitual. Porque en Santa Cruz, donde el clima y las distancias fueron a lo largo de la historia grandes condicionantes para el que las recorre, las costumbres no son las mismas, por eso los extraños siempre son bienvenidos.
Recién a la mañana siguiente llegamos a Condor Cliff, armamos rápidamente los botes y volvimos muy contentos al agua, pero al hacer unos pocos kilómetros el fuerte ruido de maquinarias y camiones trabajando nos dio aviso de que estábamos acercándonos al lugar donde se construye la primer represa. La contraposición entre lo que estábamos viviendo y aquella obra enorme del hombre modificando el entorno, no hizo tomar consciencia de cual podria ser en verdad el destino final de aquel gran río.

Los tiempos que impuso el Santa Cruz

Nunca antes el silencio de la mañana me había resultado tan profundo. Como tampoco, nunca antes, había llegado a percibir en la quietud de unos cuantos árboles, el permiso evidente de poder continuar.
Tras varios días de encierro el viento se detuvo. Habíamos llegado a La Juana, una estancia ubicada sobre la ruta 9 hacia 3 días atrás, en medio de una noche ventosa y totalmente exhaustos, despues de que una enorme tormenta nos expulsara literalmente del río y nos obligará a cargar con las bicis a través de largas cuestas esteparias que parecían eternas. Ese día, el número 8 desde que habíamos comenzado la travesía, por fin pudimos volver al agua. Abandonamos la orilla y nos dejamos arrastrar por la corriente recostados en los botes con los rostros de cara al sol ,comprendiendo cada vez con mayor claridad, los ritmos y posibilidades que él nos ofrecía.

A la tarde nos tocó pasar por La Barrancosa, el lugar donde se construye la segunda gran represa, pero como casi siempre en los viajes todo llega también con sus propias respuestas, en ese momento aparecieron Javier y Bachi; dos kayakistas nacidos en Puerto Santa Cruz que estaban realizando lo que podría llegar hacer la última bajada del río con el que habían convivido durante toda su vida. Acampamos juntos y mientras el agua se calentaba en el fuego y una luna llena y brillante se asomaba en el horizonte, nos contaron con la voz cortada y los ojos cristalinos sobre su infancia y todo lo que para ellos significaba el río – «Durante mucho tiempo uno tiene la esperanza, de que en algún momento lo frenen, que tomen conciencia. Pero pocos ven el río como una fuente de vida, y muchos lo ven, como una fuente económica»- cuando nos despedimos a la mañana siguiente, no sabíamos cuán profundo nos habían marcado sus palabras, que recién cobraron sentido, al encontrarnos nuevamente solos en nuestros botes rodeados por los sonidos y la fluidez de aquel particular y perfecto ecosistema, que atravesaba nuestro país, desde la cordillera hasta el mar.

Metamorfosis

La piel no era la misma, no era la nuestra. Nos recordaba al cuero grueso, seco y agrietado que colgaba en las estancias. A la manos de Mario, también a eso nos recordaba. Tampoco los ojos, antes inseguros y prudentes. Ahora ya abiertos, confiados en ver más de lo que miran. Los ojos tampoco , eran ya nuestros ojos. Se parecían mucho más, sin embargo, a las grandes pupilas oscuras de un Guanaco atravesando la estepa. No había dudas, eran nuestras caras, nuestros cuerpos, nuestra voz, pero un poco quizás ya no éramos, o tal vez para no confundir, ya no éramos tan así, como habiamos sido.
El día número 9 llegamos al puesto abandonado Los Plateados, esa misma madrugada, el viento volvió con la fuerza a la que nos tenía acostumbrados y nuevamente la posibilidad de navegar dejó de ser una opción. Teníamos una salida cercana a la ruta 17 , lo que nos daba la opción de pedalear unos 60 km hasta Piedra Buena, pero estábamos a tan solo 2 días de llegar por agua y no nos queríamos resignar. Así que decidimos esperar que el viento se detenga a orillas del río: Pescamos, nos bañamos en sus aguas heladas y convivimos sin pedirle nada más de lo que el nos podía ofrecer. Y entonces la transformación finalmente concluyó, para emerger desde la profundidad y tomarnos por completo.


El viento nunca paró y tuvimos que armar las bicis para volver a la ruta. Con la frustración encontrada del objetivo inconcluso. No íbamos a lograr llegar navegando, y por eso, ya no serían posibles las últimas remadas, ni los botes encallando en la orilla para marcar el final, y menos aún, el abrazo exaltado y húmedo del festejo.
Sin embargo nosotros ya no eramos tanto, tan asi, como habíamos sido. Por eso cuando las lágrimas quisieron llegar en forma de tristeza. Éramos ya definitivamente la piel seca y agrietada de las manos de Mario. Los ojos atentos y profundos de un Guanaco en las estepa, el torrente compulsivo e incierto del agua que fluye. Éramos ya, y para siempre, un pedazo de río.
Solo otras 3 personas y el agua, atrapando en el hombre, el misterio.

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