Paso Mayer

Voy a hablarles de un lugar que no existe, y lo haré despreocupadamente, sin calcular ventajas o desventajas literarias, voy a contarles la historia de un paso donde el único camino posible es invisible al ojo humano, porque se va construyendo metro a metro a medida que se lo recorre. Voy a tomarme libertades necesarias, absurdas e incoherentes, como: La voz ronca y erudita de un bosque generando opiniones, o la picadura mortal de una araña que se volvió alacrán. Voy a tener que hacerlo. Tomarme el atrevimiento de pasearlos por un mundo que no existe. Y al terminar, antes de posar mi dedo en el punto final que defina el relato, voy a buscar en el espacio en blanco su mirada incrédula, expectante o acusadora, para asegurarles de frente y sin rodeos, que yo una vez estuve ahí.

 


El camino invisible

Mientras hablaba, levantó la mano y apuntó hacia uno y otro lado, completamente indiferente a nuestras miradas que atentas desde el otro lado del escritorio seguían cada uno de sus movimientos, buscando en ellos alguna señal decisiva, el sonido de un martillo determinando una sentencia.
“El puesto de gendarmería esta justo del otro lado, por ahi, en línea recta, pero la verdad es que yo nunca fui. La mayoría de los que vienen asi como ustedes intentan cruzar pero despues se pierden y tienen que volver.”
Nunca le preguntamos su nombre, era el carabinero de turno la tarde en que llegamos al puesto Chileno del Paso Mayer y su actitud desinteresada ante todas nuestras dudas e inquietudes sobre aquel camino misterioso, nos hizo comprender de inmediato que Mayer era un paso muy distinto a lo que estábamos acostumbrados. Aún no lograbamos deducir que tipo de dificultad nos esperaban, pero la sensación era clara e intensa, sea cual sea, nos iba a correr los límites.
Al dia siguiente la mañana despertó nublada y fría. Aun entre dormida estire los brazos por fuera de la bolsa de pluma y me lleve las manos a la cara, el tacto era áspero, pero eso no me resultó extraño. Acaricie mis labios paspados y subí un poco más hasta llegar a los ojos para frotarlos con fuerza – despertate Sol, despertate – repetí para mis adentros batiendome a duelo con los sueños.
“¿Todavia seguis media dormida, no?” – me pregunto Javi- estábamos los dos parados en la entrada del puesto de carabineros con las bicis cargadas y dos mochilas grandes sobre la espalda. Y recién cuando me hizo esa pregunta pude volver a la realidad . Aquella otra parte de mi, mecanica e inconciente, me habia hecho el favor de trasladarme hasta el lugar en donde me encontraba y entendí que ya era hora de hacerme cargo. Abrí grande los ojos y mire, por primera vez, lo que no esperaba más adelante:

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A lo ancho y largo de todo lo que nos rodeaba se extendía el colosal cause de un río que no era uno sino miles de pequeños y serpenteantes brazos de el. Quise decir algo pero el viento frío me seco la boca que aun permanecía entreabierta y las palabras quedaron mudas. Estábamos frente a un camino invisible, trazado por ingenieros sencillos y anónimos, que habían ganado sus titulo a costa de pieles curtidas y arreo de animales.
“Hay un puente de un baqueano. Van a tener que encontrarlo, el rio esta muy crecido y ese puente es la única forma que tienen de cruzar.”
Esa había sido la última información que nos dio el carabinero antes de despedirnos, y aquellas palabras no cesaban de reproducirse en nuestras mentes, mientras la vista buscaba algún indicio, una huella, alguna minúscula pista que nos permita descifrar la dirección que debían tomar los primeros pasos. Pero nada apareció y tuvimos que actuar: Nos sacamos las botas y avanzamos descalzos, guiados por una capacidad que había pasado inadvertida a lo largo de nuestras vidas, pero que en ese momento se volvió una herramienta vital para poder continuar, la ilimitada capacidad de la intuición. Al principio los pasos fueron torpes y lentos, el tacto frío del agua, la piedras hundiéndose en las plantas de los pies y la inquietante sensación de ir construyendo el camino en cada nueva huella que dejabamos, nos volvia precavidos e indecisos.

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“Por aca Sol, vamos por la izquierda, intentemos subir y agarrar por el bosque”
Javi me hablaba con el agua lodosa tapandole las piernas hasta las rodillas mientras avanzaba concentrado, analizando el terreno, con la vista atenta en el presente inmediato y los obstáculos a atravesar, pero con la preocupación y la curiosidad intentando anticiparse a lo que vendría mas adelante. Y así fue como de a poco dejamos atrás el lecho del río para encaminarnos hacia un horizonte de Mallín, donde la marcha se tornó aun mas lenta y difícil. La superficie del Mallin tenia una apariencia de pastos verdes e indefensos, pero bastó con hacer algunos pocos metros para que el terreno se vuelva una especie de arena movediza de barro que nos succionaba con fuerza, transformando cada movimiento en un lucha agotadora.
Tiramos las bicis donde pudimos y nos separamos en distintas direcciones con el objetivo de encontrar la manera de sortear el Mallín y descubrir alguna otra alternativa de itinerario posible. Y en ese momento fue cuando las líneas del mapa que íbamos trazando se detuvieron de golpe y enloquecieron, creando dibujos incomprensibles que daban vueltas sin sentido de un lado hacia otro, volviendo la cartografía de nuestro recorrido un disparate de líneas hacia ningún parte.
Después de varias idas y vueltas, trepe entre árboles por una lomada y encontré un rancho deshabitado del que salía una senda que subía en dirección al bosque, corri, corri muy fuerte por ella, con la mirada ansiosa e inquieta de haberlo encontrado, deseando profundamente que siga, que no se termine, que sea más que huella, que se vuelva la oportunidad que necesitábamos. Llegue agitada hasta toparme con el bosque donde la senda se volvia más fina y menos perceptible, volví sobre mis pasos y corrí nuevamente pero esta vez en dirección opuesta para buscar a Javi y mostrarle la posibilidad de que la líneas del mapa vuelvan a retomar su rumbo.
Fuimos a buscar las bicis, nos pusimos las botas y tomamos el camino que finalmente nos internaria en el bosque.

El relato de un bosque

La ilusión que nos conquistó el cuerpo cuando encontramos el sendero, se esfumó rápidamente apenas recorrer los primeros metros de aquel bosque. Estábamos envueltos por una espesura verde y frondosa, la luz del dia se habia vuelto tenue y selectiva, iluminando solo los sectores que esa inmensa arboleda se lo permitía y dejando todo el resto bajo sombra y humedad.
“Se terminó el camino Sol”
No fueron palabra dichas a la ligera, antes de que Javi se tome el derecho de pronunciarlas habíamos realizado un rastrillaje exhaustivo del terreno, llegando una vez mas al la única y repetida conclusión con la que habíamos partido y que al parecer nos estaba costando asimilar: En Mayer no hay camino.
Miramos el bosque inquietos, era hermoso y agresivo, me lo transmitían la forma de sus plantas silvestres, las ramas bajas tapando el paso, sus raíces deformes cubriendo todo el suelo. Era uno de esos bosques que inspiran respeto, un rebelde, un ermitaño, un salvaje. “Quizás nos ayude” – le dije a Javi con la mirada hacia arriba apuntando a la copa de un árbol- mientras internamente un deseo ridiculo se apoderaba de mis ideas. Ojala, ojala pudiera saber de qué forma nos esta viendo el a nosotros ahora:

“Primero apareció el hombre, venía algo transpirado y con la mirada alerta, llegó hasta el tronco de un árbol para apoyar su bici, volvió sobre sus pasos y dio un grito fuerte que me agarro algo desprevenido -” ¡¡¡Sooool!! “- Al otro lado abriéndose entre ramas una voz de mujer le respondió de inmediato -” Sii aca Javi, ya voy, ya voy!!” . Ambos se movían muy despacio, controlando cada paso que daban como si algo crucial pudiera definirse en ello. Y mientras caminaban no apartaban su mirada de mí, estudiandome minuciosamente de arriba a abajo y de uno a otro lado, con sus ojos grande y abiertos. Por alguna razón yo los ponía nerviosos, era evidente, me tenían un respeto inesperado que hasta llegaba a resultarme algo exagerado y gracioso. Se detuvieron y se pusieron a charlar, intente descubrir que edad tendrían, parecían jóvenes, pero algunas arrugas en su frente y al costado de los ojos no me dejaban definirlo con exactitud. Los había visto de todas las formas – gordos, altos, musculosos – de edades y colores distintos, pero ninguno de esos factores me parecia relevante, siempre me habían generado ese inevitable sentimiento de compasión , no debería ser cosa fácil tener la responsabilidad de una vida tan corta 80 o 90 años con suerte, por eso intentaba no juzgarlos, aunque no lograra entender la dualidad de sus actos, esa continua contradicción que los caracterizaba y los hacia llamarse humanos. Tenían miedo, un miedo atroz que los volvía vulnerables y tontos, que los apartaba de las cosas simples y reales para llenarlos de trivialidades innecesarias. Yo creo que le temían a la muerte, a sentirse débiles o vulnerables, por eso necesitaban la arrogancia, gritarle al mundo de lo que son capaces, haciendo un esfuerzo desmedido y ridiculo por mantener posturas que solo ellos llegaban a comprender. Yo los veía como pequeños brotes con apenas unos cuantos siglos en el planeta, creciendo muy lentamente. Unos pequeños y complejos brotes a los que les faltaba más experiencia para lograr entender el lugar que ocupan, a los que aún les quedaba un largo camino para llegar a sentirse en paz.”

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“¿Y si seguimos por aca, parece que hay una huella marcada después del río? Que pensas vos?”. Le hablaba a Javi relajada, queriendo ocultar los nervios que se acumulaban en el estómago, eran las 3 de la tarde y ya habian pasado mas de 6 horas desde que habíamos salido del puesto de Carabineros y el avance se hacia cada vez mas complejo.
Apoyamos las bicis prestando mucha atención al lugar exacto donde las dejabamos y nos fuimos a buscar alguna opción que nos permita continuar. Después de cruzar varios ríos, seguimos algunas huellas de animales esperando que puedan aportarnos una dirección mas concreta del rumbo, pero tampoco funciono. Estábamos perdidos, dábamos vueltas sin sentido, seguíamos insistiendo, yendo y viniendo de uno a otro lado, pero el tiempo pasaba sin encontrar soluciones, la preocupación se incrementaba y el puente parecia una fantasía inalcanzable. Llegamos hasta un nuevo río y mientras yo me sacaba las botas para cruzar, Javi dio tres saltos rápidos y llegó al otro lado.
“Voy a ver más adelante, ya vuelvo” me gritó y se alejó corriendo
Apenas lo vi desaparecer empecé a desatarme los cordones con mayor prisa, no me gustaba la idea de separarnos demasiado, perderse en ese lugar era mucho más probable de lo que estábamos acostumbrados y teníamos que tener cuidado de no confiarnos más de la cuenta. Pero Javi no lo vio así. Termine de cruzar el río, lo espere un rato largo y no apareció. Intente calmarme, convencerme de que llegaría en cualquier momento y aguarde un rato más, pero despues de 40 minutos el seguía sin volver. Me puse a gritar “Javii, Javii!!” nadie me respondio, solo se escuchaba el sonido del río, las ramas de los árboles sacudiendose por el viento. Un escalofrío penetrante me recorrió el cuerpo erizandome la piel, camine hacia donde lo había visto alejarse y segui la dirección que me pareció más probable. Grite más alto “Javii, Javii..”, tome el silbato de la mochila lo sople con fuerza y seguí gritando “Javiii…” el sonido del bosque me resultó aterrador, no sabia que hacer, mi cabeza no dejaba de sacar hipótesis: Y si se perdió, y si esta lastimado. Tenía miedo, un miedo distinto al habitual porque era mucho mas real y concreto. Intente recordar exactamente sus últimas palabras: “Ya vuelvo”. Nuestro destino podía llegar a cambiar a partir de esa frase. Estaba enojada con el, hablaba sola y en voz alta “Cuando vuelva lo mato, como me va a hacer esto” y el sonido de mi voz se percibía pequeño e insignificante. ¿Pero si no vuelve , si realmente le paso algo? Corri, corri hacia ningún lado y grite en un aullido desesperado “Javiiiiii..”
Del otro lado finalmente apareció su voz “Sool, aca estoy”, venía apurado y sonriente, se acercó hasta donde yo estaba y con los ojos brillantes y una sonrisa amplia me informo: “Encontré el puente”. Yo no sabía si pegarle, abrazarlo hasta que anochezca o dejarme desvanecer para que comprenda el susto que me habia hecho pasar. “Perdon ¿estabas preocupada no?, pero lo encontre, encontre el puente Sol”. Tarde unos minutos en terminar de ahuyentar los fantasmas que me habían gobernado el cuerpo y finalmente lo abrace feliz, de tenerlo conmigo, de haber podido encontrar el puente.

Mientras regresabamos rápido a buscar nuestras bicis, Javi no dejo de hablar:”Tuve la seguridad de que lo iba a encontrar, no me preguntes porque pero lo sabía, y cuando lo vi no lo podía creer. Igual mira que esta lejos y hay que atravesar un bosque achaparrado bastante inaccesible para las bicicletas. Pero está ahí, de alguna forma tenemos que llegar…”
A partir de que tomamos las bicis y conseguimos retomar el rumbo hacia el puente, los pasos modificaron su actitud y se volvieron firmes y decididos, bajando y subiendo montañas por rocas y pedregales, atravesando bosques achaparrados, bajos e impenetrables, sin que el cansancio o los obstáculos pudieran resultar un limitante, porque ibamos movilizados por el motor mas grande que puede darte cualquier aventura que emprendas, la posibilidad de alcanzar el objetivo, la arrolladora emoción de volverla realidad.
Javi iba por delante abriendo paso, hizo los últimos metros de bosque hasta llegar a un precipicio, paro de golpe y señalo hacia el rio sin poder disimular el entusiasmo “¿Lo ves? Ahí esta, llegamos al puente Sol!!”. Con el cuerpo cubierto de pinches y moretones me acerque ansiosa para poder mirarlo por primera vez. Estaba lejos y apenas lo llegaba a distinguir, tenia el aspecto de un hilo frágil y enclenque flotando en la inmensidad de la naturaleza. Era el único vestigio del hombre en El Paso Mayer y resistía colgado, meciéndose de un lado al otro, los embates del viento. Fueron apenas unos pocos minutos los que permanecimos parados observandolo, pero fue lo suficiente para que los latidos atenúen su marcha y la inquietud que nos había llevado a las corridas hasta aquel lugar le de paso a la emoción.
“Llegamos Javi! Por fin llegamos!!!”

Al otro lado del río

Después de bajar con cuidado una fuerte pendiente de piedras sueltas y caminar varios metros bordeando el río, llegamos hasta el extremo del puente y comprobamos que la impresion que nos había dado a la distancia no estaba errada. Su aspecto no nos inspiraba mucha confianza, diciéndolo de una manera suave y sutil, para no expresar que los dos teníamos terrible cagaz…susto, de tener que cruzar por aquel esqueleto frágil y oscilante de maderas y alambres. Debíamos hacer varios viajes por el peso y lo angosto del puente, pero antes de que podamos discutirlo, Javi tomó la delantera se cargó dos bolsos a la espalda y empezó a cruzar despacio y con cuidado, mientras yo lo miraba expectante desde tierra firme. Cuando llegó al medio del puente, este se inclinó de golpe hacia un costado y a mi se me cortó la respiración, mire para abajo, el río pasaba con una fuerza aterradora, volví a mirar a Javi que intentaba mantener el equilibrio, fueron tan solo un par de segundos que parecieron eternos, hasta que logró acomodarse y continuó caminando. Finalmente llego al otro lado, dejo los bolsos y volvió a cruzar, pero esta vez apoyando todo su cuerpo y peso hacia el costado donde el puente estaba más firme, evitando que se incline demasiado. Al llegar despues de darme mil recomendaciones y asegurarse de que lo había escuchado con atención, pude empezar a cruzar. Lo hice despacio, concentrada y pisando las maderas que aparentaban un mejor estado , pero aunque iba preparada, al pasar por el medio del puente la pérdida del equilibrio sumado a la fuerte sensación de darme vuelta, me agarró de imprevisto y me dejó congelada en un vaivén estremecedor, de a poco intente calmarme, respire profundo y camine despacio hasta llegar a la otra orilla, en la que por órdenes inapelables de Javi tuve que quedarme sin lugar a oposición. Fueron en total 7 viajes, 2 de ellos cruzando las bicicletas paradas, sin poder aferrarse de ningún lado y haciendo de equilibrista sobre aquel puente inestable. Cuando por fin termino y llego sano y salvo a mi lado, se paró firme, relajó el ceño que mantenía fruncido y exclamó orgulloso: “Viste Sol, pude hacerlo!”. Javi había superado mucho más que un puente, había logrado vencer su miedo a la altura.

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Por fin estábamos los dos del otro lado del río, lo festejamos con un abrazo rápido y armamos nuevamente el equipo, eran las 5.30 de la tarde, la noche nos pisaba los talones y una llovizna fuerte había empezado a caer. Teniamos dos posibilidades, tomar una huella de vehiculo que iba bordenando el rio o internarnos nuevamente en el bosque siguiendo alguno de los senderos que habían aparecido. La duda fue breve, decidimos dejar nuevamente las bicis para caminar más livianos y ágiles por la costa pedregosa del río y poder investigar hacia donde llevaba la pisada. Después de aproximadamente 4 km bajo la lluvia, el rastro concluyó en el mismo cauce ancho y con cientos de brazos del que habíamos partido a la mañana, desde ese lugar podíamos distinguir con claridad lo cerca que estábamos técnicamente del puesto Chileno y lo contradictorio de la situación nos permitió entender que algunas veces las distancias no se pueden medir en kilómetros. A partir de ahí la huella cruzaba varios arroyos y desaparecía en una llanura de pastos verdes y secos. La tarde estaba cayendo, hacia frío y estábamos completamente empapados, dimos la vuelta y volvimos a recorrer los 4 km hasta el lugar donde habíamos dejado las bicis, buscamos rápidamente en el bosque un lugar donde armar la carpa, comimos algo caliente y nos fuimos a dormir agotados. Con la expectativa y la curiosidad aún latentes de lo que nos depararía el próximo día.

La picadura

Después de dejar sonar varias veces el despertador del celular, lo apague y me quede boca arriba mirando el techo de la carpa y disfrutando del calor de la bolsa de pluma. Javi al lado mio hacia lo mismo pero a su manera: tapándose hasta la nariz, remoloneando placenteramente. Los dos sabíamos que eran los últimos minutos de comodidad y calidez y teníamos que sacarles provecho. Después de un rato se hicieron la 8.30 de la mañana, aún estábamos en medio de algún sitio en medio de la Cordillera y no teníamos idea por donde debíamos continuar. Tal vez por eso una fuerza inconsciente nos levantó de golpe para terminar con el oseo y encarar el segundo dia del Paso Mayer. Fue justo en el momento de salir de la bolsa cuando sentí un dolor fuerte en el brazo, era agudo en intenso y se ubicaba en una zona pequeña y puntual, al mirar note que me faltaba un pedacito de carne, parecia una picadura porque estaba roja y un poco inchada, pero su tamaño me generaba algunas dudas. En el momento no le di mucha importancia pensé que sería alguna de esas arañas que solían picarme, me baje la manga de la camiseta y continúe normalmente. Desayunamos rápido, armamos el equipo y nos pusimos en camino. Aún no teníamos la certeza de que la huella que habíamos seguido el dia anterior bordeando el río fuera la dirección correcta, ya que lo último que habíamos comprobado es que terminaba en el cauce del río y desaparecía de golpe, por eso antes de decidir nos propusimos investigar un poco más los senderos en el bosque, para analizar las distintas posibilidades. Pero sucedió lo que esperábamos, todos aquellos senderos que deberían ser de animales, nos paseaban por el bosque atravesando Mallines sin llegar a ningún lugar concreto, así que la decisión fue evidente, nos arriesgariamos a ir en la dirección donde terminaba la huella, aunque eso signifique tomar por el cauce del río.

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Una vez más nos quitamos las botas, arremangamos los pantalones impermeables y comenzamos a cruzar arroyos. Un dolor fuerte me recordó que algo en el brazo no estaba bien y cuando lo mire nuevamente las cosas empezaron a tomar otra dimensión. Tenía el brazo muy hinchado, estaba caliente y colorado y una línea roja de una claridad estremecedora me subía hacia el hombro. Lo primero que pensé fue en Javi, si a mi me pasaba algo, si tenía la terrible suerte de que algún bicho venenoso me haya picado, el que peor la iba a pasar sin dudas era el. Estábamos en algún lugar en medio de la Cordillera sin saber qué dirección tomar. Yo tal vez me desvaneceria, perdería la conciencia, sufriría algún dolor, pero el iba estar desesperado y necesitando ayuda, sin la mas remota idea de por donde ir a buscarla. Volví a bajarme la manga de la camiseta y decidí que no podía ser nada grave, le avise a Javi por las dudas y sin preocuparlo que una picadura me estaba molestando, pero que seguramente sería a causa de mi alergia. Después de atravesar mas arroyos y caminar un rato largo, las opciones volvieron a dividirse, un rastro parecia tomar en dirección al bosque y el otro continuaba orillando el río. Dejamos las bicis y nos dividimos para averiguar que había más adelante. Yo continué por el río y Javi por el bosque. Iba concentrada investigando el terreno cuando de repente todo a mi alrededor empezó a girar, fue tan solo un segundo en el que la peor posibilidad estaba a punto de suceder. Una tonta picadura, un detalle que no habíamos tenido en cuenta y el mundo que giraba sin detenerse. ¿Me iba a desvanecer? ¿Caeria desplomada en aquel suelo de rocas hasta que me encuentre Javi?. Repetí en voz alta “Javi!” y dije “no, esto no va a pasar!!”, respire tan profundo como me lo permitieron los pulmones mientras intentaba recuperar el equilibrio. El mareo se detuvo y volví a caminar rápido hacia donde habíamos dejado las bicis, con el miedo latente de que vuelva, de perder el horizonte y la realidad. Cuando llegue a las bicis Javi aun no había regresado, volví a respirar para tranquilizarme, estudie la situación, ¿como estaba? ¿Que sensaciones tenia?, me parecia importante estar atenta a otros posibles síntomas que puedan alarmarme, para ponerlo al tanto a Javi y ver qué hacer. Pero cuando el volvió contento porque había encontrado el camino que nos llevaría hasta el puesto de gendarmería, yo no tuve nada que decir, me sentía bien, el mareo no había vuelto y la noticia de tener por fin un rumbo definitivo me dejaba mucho más tranquila. Tras algunos metros de bosque el camino apareció perfectamente definido, no había dudas que era el correcto. Las emociones hicieron erupción en un grito que no pude contener “jujuyyyyy!!!” exclame con los brazos en alto y la felicidad de estar por lograrlo “Jujuyyyy!!!” repetí con la misma intensidad, fabricando una nueva onomatopeya con la que poder escribir nuestra historia.

Algunos metros más adelante el camino definido dio paso a un sendero ancho y bien marcado. Volvimos al bosque y al ejercicio de cruzar arroyos, hasta que apareció un campo enorme de pastos bajos rodeado de montañas y pudimos subirnos a nuestras bicis para pedalear.
Pero la ansiedad distorsionaba los kilometros y la distancia parecia cada vez mayor. El Paso Mayer nos daba la impresion de un punto suspensivo sin final. Y entonces a lo lejos vimos el brillo de un cartel, atravesamos una tranquera y llegamos. Mis amigas y mi hermana siempre me dicen “Sol no sabes la alegría que te da tener un hijo” yo las miro y asiento con la cabeza, porque lo imagino como una experiencia única y transformadora. Pero a la vez pienso por dentro sin decirles nada para que no crean que estoy minimizando sus emociones ” Chicas no pueden imaginar la alegría que siento cada vez que logro un nuevo desafío”.
Antes de bajar hacia el puesto nos abrazamos, bailamos frente al cartel y nos volvimos a abrazar, porque era la mejor forma que encontrábamos de inmortalizar el momento.

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Luego finalmente llegamos al puesto Argentino donde los gendarmes nos recibieron con la bondad a la que nos tienen acostumbrados, dándonos un lugar donde dormir, mates calientes, guiso de fideos y pastillas para la picadura. El brazo me preocupaba, estaba cada vez más hinchado y rojo y la herida se había agrandado supurando un líquido inquietante. El enfermero del puesto me tranquilizo diciendome que era la picadura de un alacrán pero que no parecia nada grave, me recomendo ir a ver a un medico y me dio antibiotico por una posible infección. Aún nos quedaba una larga distancia hasta tomar la ruta 40 y ellos ofrecieron acercarnos con el camión algunos kilómetros hasta una estancia donde tenían que ir a buscar carne. Yo quería llegar cuanto antes a algún lugar para que me vean el brazo, porque la simple acción de agarrar el manubrio de la bici y apretar el freno se me volvía dolor y dificultad. Así que al tercer dia de Paso Mayer subimos las bicis al camión para bajarlas unos 50 km más adelante donde el paisaje se volvió estepa y viento. Nos despedimos de los gendarmes con el agradecimiento y los abrazos que parecen nunca ser suficientes y empezamos a pedalear hacia nuestra querida ruta 40.

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El viento nos sorprendió por la espalda empujandonos con fuerza hasta el asfalto sin mucho esfuerzo. Pisamos la ruta y miramos hacia la Cordillera, 3 años atrás en nuestro primer viaje por la ruta 40 habiamos pasado pedaleando por ese lugar, pero en aquel entonces apenas llegábamos a percibir la oportunidad de un nuevo destino, sonriendo felices e inquietos con las vista perdida en esas mismas montañas que nos acompañaban desde lejos. Pisamos nuevamente esa ruta y los recuerdos se nos atoraron en la garganta. La vida se había vuelto una moraleja perfecta, un cuento de posibilidades ilimitadas. Una vida que sin lugar a dudas, no era ni mas ni menos que la que algún día habíamos decidido vivir.

Un comentario

  1. Hermoso relato. Realmemte este paso los puso a prueba. Me alegro haberlos reecontrado. Feliz año y espero más relatos que nos hacen soñar con estar ahí junto a Uds.

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